Nadie murió, no se asusten.

Este artículo nace a partir de un post que quería escribir en LinkedIn a las 3:23 AM sobre algo que ha ocurrido recientemente en mi círculo. Iba a ser un post quizá un poco polémico, porque hablo mucho desde mi punto de vista.

Así que decidí convertirlo en una entrada del blog. De esa forma, quienes realmente estén interesados en leer mi opinión sobre el tema pueden darse el tiempo de leerla y matizarla.

Contexto

Guille, un amigo que hice en indies.la, me preguntó una vez: “¿Cómo haces para hacer startups que no resuelven cosas con IA?”.

En ese momento no respondí muy bien porque estábamos organizando un evento, pero ahora, pensándolo mejor, creo que la respuesta tiene bastante que ver con lo que me rodeó.

Como ya he dicho varias veces, nací en Chillán Viejo, una ciudad donde no hay muchos jóvenes, con una población bastante envejecida y que no es precisamente la capital tecnológica que a mi yo de pequeño le hubiese gustado que fuera.

Con el tiempo aprendí a amar estos lugares. Aprendí a querer a las ciudades pequeñas, a esas de las que todos dicen que “no tienen panoramas” o que “no hay futuro acá”. Y aunque eso sea cierto en buena parte, también son hermosas en el sentido de que sus historias quedan marcadas y, de alguna forma, estancadas ahí.

Hay algo muy bonito en eso de que “nada ha cambiado”. Puedes ir a Cabildo, una calle de Chillán, y hablar con abuelos sobre su juventud, con personas mayores sobre los problemas que viven hoy, con madres y padres separados sobre cómo enfrentan su día a día.

O puedes hacer mi panorama favorito: escuchar conversaciones ajenas en las micros y entender cuáles son los problemas cotidianos de la gente.

En Santiago tienes el metro y las micros, pero para mí son mundos distintos.

El submundo que representa el metro en Santiago me parece casi un espejo de la sociedad allá: la seriedad, la depresión, la normalización de cosas durísimas como los suicidios en el Metro.

Acá, en mi pueblito, es distinto. Cuando vas en la micro escuchas a la gente quejarse, reírse, hablar.

Quiero decir: la comunidad de programadores es hermosa. Soy un fan bastante aferrado de lo que hacen y de lo que hago. Pero normalmente, y como es natural, nos encerramos en los problemas que nosotros mismos tenemos.

Muchas veces los programadores resolvemos problemas que solo los programadores conocen, y eso nos encierra en una burbuja.

Comparación entre WordPress, Claude Code, Codex y Minimax

Es genial que haya gente resolviendo esos problemas, pero mientras otros desarrolladores se encargaban de optimizar LLMs o de pelear por notaciones científicas para demostrar que 1 > 2, yo estaba en una micro o tomando once con mi familia.

Escuchando problemas del día a día. O problemas de las famosas empresas fomes.

Viendo cómo el código que yo escribía llegaba a personas comunes.

Trabajos normales

En mi corta vida, 20 años al momento de escribir esto, he trabajado en varias cosas y, la verdad, en casi todos mis trabajos la he pasado bastante bien.

He vendido verduras, trabajado en la feria, vendido chaparritas, sido encargado de informática en una frutícola, diseñador, técnico de servicio, asesor informático y configurador de servidores.

Después trabajé como programador para una empresa argentina al mismo tiempo que hacía turno de noche en la frutícola. Destaco ese periodo como el momento en que menos he dormido en mi vida.

Y tenía un trabajo soñado: quería trabajar en Discord, porque ha sido una plataforma que llevo usando muchísimo tiempo y que en ese momento me gustaba bastante. Era Discord o Google.

Fundar una startup

Pero cuando creé mi primera startup me enamoré de esto: de crear algo, de hacer una apuesta enorme por una idea de la que tienes un poco de datos y mucha convicción de que puede funcionar.

Me enamoré de las noches sin dormir, de los días de casi llorar por el miedo a la incertidumbre que esto trae consigo, de romperme la cabeza estudiando cosas que jamás creí que estudiaría.

Me enamoré de todo lo malo también, porque cuando te enamoras de algo no te quedas en lo superficial: profundizas y empiezas a querer incluso lo feo que eso tiene.

Y me dije a mí mismo que jamás volvería a un trabajo normal. No porque odiara a mis jefes, ni porque quisiera ser mi propio jefe, sino por lo bonito que es construir algo que es tuyo.

Descansa en paz (por ahora)

Últimamente me ha tocado ver que amigos que hice en el mundo de las startups han sido contratados o se han visto obligados a pausar sus startups o emprendimientos.

Los respeto, no los juzgo y les deseo lo mejor.

Pero me puse a pensar, mientras trataba de dormir, si yo sería capaz de dejar algo a lo que con mi socio le hemos dedicado tanto tiempo. Algo que no nos ha dejado dormir y que nos ha hecho aprender tanto.

Y sí, acá no hay sueldos. Tampoco créditos ni aguinaldos.

Ni pan de Pascua para Navidad.

Hay meses buenos y meses malos. Momentos geniales y momentos en los que te dan ganas de buscar un trabajo normal.

Pero yo amo eso.

Es por eso que me uní a indies. Es por eso que me encanta hablar con gente que está creando cosas. Porque tener algo propio te da algo que un trabajo jamás te dará.

Algo tuyo.

Eso que no te deja dormir.

Eso que te hace soñar.